
Atardeceres Rojos
por Elsa Sánchez Rodríguez
Se encontraba en el AVE como todos los viernes, a la misma hora y hacia el mismo destino: su hogar. Había sido una semana tediosa, de mucho papeleo y reuniones eternas sin parar, anhelaba un poco de paz. Como de costumbre, desde que había aceptado ese trabajo en Madrid, viajaría en el vagón silencioso, alcanzando, durante unas horas, ese momento de tranquilidad. Con el traqueteo del tren, el vaivén de la gente y el silencio que tanto agradecía, se sentía en paz. Ya era viernes, con todo el significado de esa palabra, y en dos horas y veinte minutos, con puntualidad castrense, se encontraría abrazando a su mujer. Ya podía oler su perfume.
Siempre pensó que los fines de semana eran para descansar, pero estar separados tanto tiempo tenía un precio y era intensificar en dos días lo que no hacían durante el resto de la semana: una cena romántica, alguna obra de teatro o concierto y, sobre todo, quererse bajo las sábanas. A diferencia de él, que era soberanamente casero, su mujer nunca paraba por casa y, si ya era difícil mantener una relación a distancia, pensaba que se lo debía para hacer que funcionase, y cómo deseaba que funcionase.
Pensando en las cosas agradables de su vida y pasados ya unos minutos desde que habían iniciado la marcha, vio el reflejo de sus ojos en la ventana y suspiró embriagado por una calma absoluta; acababa de ser consciente de cuánto necesitaba un respiro. El cielo detrás de la ventana estaba bañado de un color rojo anaranjado. Unos días antes había leído en algún sitio que cuando el cielo se teñía de ese color tenía un nombre, pero no lo recordaba.
Perdió la noción del tiempo cuando volvió a mirar el paisaje con sus nubes rojas y una nueva imagen apareció en el reflejo de la ventana, al tiempo que notaba su presencia. Un niño, de corta edad y el pelo rizado y alborotado, acababa de sentarse a su lado y le miró con simpatía. Los pies no le llegaban al suelo y jugaba a balancearlos.
⸺¡Hola! ⸺saludó afable, con una voz dulce.
⸺Pero bueno, ¿de dónde has salido tú?⸺le preguntó con ese tono que sale solo, cuando se le habla a un niño.
Echó un vistazo por encima de los asientos buscando a sus padres. Estaba claro que se había confundido de vagón, los niños suelen ser ruidosos por lo general. Pero no nadie lo reclamaba.
⸺Me llamo Gabriel.
⸺Gabriel, como mi abuelo⸺repitió su nombre en un susurro⸺. Gabriel, deberías estar con tus padres, deben estar buscándote, preocupados.
⸺Estoy donde debo estar, confía en mí.
Hablaba con aplomo para tan corta edad, sin embargo, sonreía, mostrando unos graciosos hoyuelos, como el niño que era.
⸺Te traigo un mensaje ⸺dijo al tiempo que dejaba de balancear sus piernas.
⸺¿Cómo dices? ⸺preguntó extrañado.
⸺Hoy es un buen día para coger un taxi. Dile a mi mamá que no vaya a buscarte.
En ese instante pasó una azafata y, contrariado por la situación que se le acababa de presentar, decidió comentarle el extraño incidente.
⸺Perdone, creo que este niño se ha perdido ⸺dijo señalando el asiento de al lado.
La azafata lo miró confusa, miró el asiento y luego le miró a él.
⸺Señor, ¿de qué niño me está hablando?
⸺El niño que... que está... que está sentado a mi lado⸺ titubeó con cara de desconcierto.
⸺Señor, ¿se encuentra bien? A su lado no hay nadie. En este vagón no hay ningún niño.
De pronto, el niño se convirtió en una imagen mágica, casi etérea y levantó una mano a modo de despedida. El sonido del tono de un mensaje en el móvil le provocó un espasmo, luego otro y, de forma abrupta, abrió los ojos. Todo había sido un sueño. Pero tan real. Aquella criatura le había despertado unos sentimientos, algo que todavía no entendía. ¿Cómo alguien que no conoce podía tener ese efecto sobre él? Escuchó de nuevo la voz de Gabriel en su cabeza y, con un extraño presentimiento que no se quería marchar desde que se había despertado, decidió llamar a su mujer.
⸺Cariño, no vayas a buscarme, hoy es un buen día para coger un taxi.
Al bajar del tren, arrastrando su pequeña maleta por el andén, miró al cielo y recordó que la palabra que buscaba era arrebol, aunque su mujer los llamaba atardeceres rojos.