Coraje

por Elsa Sánchez Rodríguez

      Arrastraba su maleta por el andén más cargada de incertidumbre que de ropa. Llevaba una peluca y unas gafas de sol por temor a ser descubierta. Miraba a su alrededor, vestida además de inquietud, evitando cruzarse con los ojos de alguien conocido.
       No, no huía de la justicia, era un mujer que huía de su propia vida, de su pasado, aquel en el que ya no recordaba la última vez que había sido feliz. En unos minutos se subiría al tren y, por fin, se alejaría de aquella ciudad que, haciendo balance, sumaba más recuerdos malos que buenos. Se despertaba con la piel rota y los ojos hinchados de haber pasado horas llorando y, cada día, se preguntaba qué pasaría si salía de esa falsa zona de confort. Era desdichada, atrapada en esa conformidad en la que se movía su existencia, siendo cada día una réplica del día anterior. Pero, esa misma mañana, por un impulso de supervivencia, con la amarga certeza de haber tocado fondo, transformó su resignación en valentía y compró un billete con destino a Madrid preparada para escapar de lo que estaba acabando con ella, lentamente, en una eterna agonía.
      Todavía estaba a tiempo de bajarse, con lo que eso significaba, volver a su insoportable realidad. Miraba el reloj, aun faltaban unos minutos. Sus manos comenzaron a sudar, se sentía nerviosa. El acompañante la miraba extrañado, con cierta incomodidad.
      «No puedo hacerlo» pensó, de pronto, admitiendo su cobardía. En ese momento de indecisión el tren era su aliado, ahora todo dependía de que se pusiera en movimiento. En ese mar de angustia, decidió levantarse y acabar con esa tortura. A punto de tirar la toalla y dejar escapar ese tren, al fin, sintió el movimiento suave y silencioso del vagón. Dejó caer su cuerpo en el respaldo y respiró creyéndose a salvo. Una sensación de calma absoluta apareció de repente.
      A medida que iba cogiendo velocidad, sus recuerdos se iban apeando de un tren donde ya no había cabida todo lo que había permitido. Sobre la vía dejaba todos aquellos insultos que la hacían sentirse pequeña e insignificante, las poderosas amenazas que la tenían sometida, el tener que ir maquillada para ocultar la bronca de la noche anterior. 
      Sacó el teléfono del bolsillo y llamó a sus padres. Había callado durante tanto tiempo que no sabía cómo iba a explicar que lo abandonaba todo.
     ⸺Hola, mamá, tenemos que hablar.
     ⸺Hola, hija, ¿por fin lo hiciste? Ya no te volverá a tocar.
      Entonces rompió a llorar, en una mezcla de alivio y tristeza, pero, sobre todo, coraje.

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