
Al final del trayecto
por Elsa Sánchez Rodríguez
Viajar en tren me causa un placer extraordinario. La sensación de ir a lo desconocido o, lo que es mejor, de volver a ver a un ser querido. Ese día iba a la presentación de mi última novela a la capital. Tomé asiento en mi plaza que daba al pasillo y saqué mi ordenador portátil dispuesta a continuar con mi nueva novela; me faltaban unas pocas líneas para terminar ese capítulo, donde debía narrar cómo se conocían mis protagonistas, y debía pasar las próximas horas pensando en esa historia que aún desconocía como se iba a desarrollar. Mientras, el mundo sucedería a mi alrededor.
Sin embargo, lo que estaba a punto de ocurrir era inmensamente mejor, iba a ser testigo del inicio de una historia de amor. Al caerse al suelo uno de los cuadernos donde anoto mis ideas, el apuesto joven que se encontraba leyendo sentado a mi lado, del que solo me separaba el medio metro de pasillo del vagón, despegó la vista del libro y, amablemente, lo cogió para devolvérmelo. Le di las gracias y, observadora como soy, me percaté de que al joven algo le había llamado la atención. Miré donde él miraba y lo entendí todo. Observaba a una joven que trataba de aupar su maleta de cabina encima de su asiento. Llevaba un jersey blanco ajustado y una mini falda gris dejando ver unas bonitas y estilizadas piernas. Un precioso cabello rizado del color de la miel caía sobre sobre sus hombros llegando casi a la cintura. Se movía con dulzura y, a la vez, con una sensualidad natural y elegancia.
Cogió de su bolso un libro, se acomodó en su asiento y, antes de sumergirse en la historia que se traía entre manos, ojeó a la gente que se encontraba a su alrededor cuando, de pronto, se cruzó con la mirada atenta del muchacho que aún la observaba desde la otra punta del vagón, desde donde estaba yo. Ella miró dos veces, una sin querer y otra queriendo cuando se encontró con sus ojos. Volvió a mirar una tercera vez y él, tímido, le dedicó media sonrisa. Ella se la devolvió. En ese momento pensé que el destino era curioso, porque desde luego hacían una bonita pareja y la vida les había hecho coincidir en aquel lugar, el mismo día y a la misma hora. Y es que son de esas personas que no conoces, pero que no te cuesta imaginarlas juntas. Ella decidió actuar con naturalidad, abrió las primeras páginas de su libro dispuesta a seguir con la historia, pero no podía evitar alzar la vista. Cuando sus miradas se cruzaban, sonreían, tímidos los dos. No sé que se les pasaba por la cabeza, pero yo pensé que eso debía hacer de su viaje un trayecto aún más interesante. Para mí lo estaba siendo y no era protagonista en esa historia. Trataba de imaginar, como escritora que soy, cómo sería su primera conversación, que sentirían al escuchar por primera vez su voz. De pronto, sentí curiosidad por saber sus nombres. Al cabo de un rato, entre miradas y sonrisas, él se levantó y pasó por su lado. El nerviosismo de ella era evidente, levantó la vista pensando que le iba a decir algo y la bajó avergonzada al comprobar que pasaba de largo. Quizá no se atrevió. Luego fue ella fue quien se levantó y pasó por nuestro lado, sonriendo a él primero y quedándose impertérrita al descubrir quién era yo.
⸺¡Cielos! ⸺exclamó la joven⸺, ¡eres tú!
A partir de ahí comenzaron una serie de halagos sobre mis novelas y me pidió una foto con ella. Aproveché la coyuntura y se me ocurrió hacer de celestina. Le pedí al joven, que se encontraba mirándonos con atención y sorpresa, que nos la hiciera, lanzando de paso un guiño de complicidad, y le comenté a la chica que él también parecía un ávido lector, por lo que le ofrecí mi asiento, que ella aceptó con gusto, argumentando que intuía que tenían mucho de que hablar. Y así, sin más, ahí les dejé, conversando.
Con media sonrisa, y con el susurro de los demás pasajeros al pasar por su lado, me acomodé en el que había sido el asiento de la joven y me dispuse a terminar el capítulo de mi nueva novela que ya sabía cómo iba a acabar. Al llegar al final del trayecto, les vi bajar juntos y pensé que jamás volvería a saber de ellos, pero estaba convencida de que esa noche, en algún rincón de Madrid, una pareja estaría iniciando una bonita historia de amor. Aún sigo pensando en sus nombres.